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José Luis Widow, profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez: "Desigualdad, educación y cultura. Desafíos para el Estado y la empresa"

      
Muy oportunamente ha entrado en el horizonte de las preocupaciones explícitas el tema de la desigualdad en la distribución del ingreso. Y digo muy oportunamente por lo que todo el mundo sabe: por una parte, las repercusiones que produce una distribución altamente desigual de la riqueza (obviamente no se trata de cualquier desigualdad) es devastadora para la sociedad, la familia y las personas; y por otra, porque pareciera que hoy día existen las condiciones sociales adecuadas para enfrentar el problema con mayores posibilidades de algún éxito que en años pasados. Un tratamiento del tema más serio, por menos ideologizado, permite hoy explorar soluciones reales.

Suelen señalarse como remedios para la desigualdad, el mayor crecimiento y la mayor educación. Sin embargo no es tan claro que el primero lo sea y que la segunda se la aborde adecuadamente como para que lo sea. El primero puede efectivamente -aunque no necesariamente- traducirse en un aumento de los ingresos de todas las personas, pero por sí solo no soluciona el problema de la desigualdad. Podría ocurrir que mientras unos aumentan poco o nada -normalmente los que están en los estratos más pobres de la población-, otros aumenten mucho -normalmente los de los estratos más acomodados-. Ejemplos de esto existen muchos. En otras palabras, el sólo crecimiento puede significar a la larga y en el mejor de los casos un alivio al problema de la pobreza, pero no al de la desigualdad. Este último es un problema por sí solo, pues entre otros efectos, suele tensionar las relaciones sociales, especialmente en períodos de crisis económicas, poniendo en riesgo todo el patrimonio social (paz, orden y gobierno político, institucionalidad, orden legal, orden económico, etc.); además, la desigualdad atrasa la reducción de la pobreza, pues impide que los recursos con que cuentan las personas o familias más desposeídas, se utilicen en pequeños emprendimientos que aumenten las posibilidades de progreso económico. O también una muy alta desigualdad retarda la inversión en mayor educación por parte de los sectores más pobres; educación, que más allá del valor que tiene en sí misma, es reconocidamente un factor que permite una movilidad social ascendente más rápida. El asunto es que con una muy desigual distribución de la riqueza, los sectores más pobres de la población, aun con crecimiento económico, tardan más en acceder a recursos para la inversión, pues por más largo tiempo, lo que reciben, lo deben destinar a la supervivencia. En fin, una alta desigualdad es un problema, porque la vida en la abundancia de unos, al lado de otros que no alcanzan a satisfacer sus necesidades básicas, es manifestación de una actitud profundamente inhumana, como es la indiferencia por la suerte del vecino. Cuando una sociedad se habitúa a esto, en cierto sentido, está tocando fondo.

Respecto de la educación, me parece que no es difícil concordar con quienes afirman que es el factor más relevante a la hora de disminuir las gigantescas diferencias en la distribución del ingreso. El problema en este caso es que muchas veces se alude a ella con mucha vaguedad, o en una mera declaración de intenciones.

Me parece que para abordar este tema, la primera cuestión sobre la que hay que hacer claridad es la relativa a la índole de la educación de la que estamos hablando. Permítanme, entonces, unas palabras sobre eso.

Chile es hoy día una sociedad clasista. Pero no uso el término con el sentido que suele dársele. No se trata de afirmar que sea clasista, porque las personas acomodadas desprecien a las menos acomodadas. Ese es otro asunto que no quiero tocar ahora. Digo que es clasista en un sentido mucho más simple: existen barreras entre las personas que les impiden desarrollar cierto tipo de relaciones que podría redundar en un gran beneficio personal y social. Y esas barreras tienen que ver con la diferente posición social. Este es un clasismo que no permite por sí solo suponer malas intenciones en las personas: se deriva sencillamente del hecho de que quienes tienen pocas cosas en común, tienden a llevar vidas separadas. Quienes tienen una educación superior a otros tienden naturalmente a reunirse con quienes están en su mismo nivel: hay mayor coincidencia en intereses, expectativas, gustos, etc.

El problema está en que cuando la sociedad se compartimenta de esta manera, paga un costo de oportunidad inmenso. Lo que la sociedad deja de ganar por este clasismo, al limitar el número de posibles relaciones sinérgicas entre sus partes, es tanto que se hace imposible de medir.

El punto, me parece, es que el clasismo que se deriva de posiciones sociales tan marcadamente diferentes tiene que ver más con la educación que con el nivel de ingreso. Tengo claro que la posición social se mide por el ingreso, pero no es la medida lo que interesa ahora, sino la causa. Y en esta perspectiva el nivel de ingresos es más bien resultado que causa de ese nivel educacional. Pero aun el problema es más complejo, porque el bajo nivel de ingreso retroalimenta el bajo nivel educacional. Juntos son un círculo vicioso. Sin embargo, si se tiene presente la relación de causa-efecto, se sabrá que el corte del círculo vicioso se producirá apuntando más al eslabón de la educación, más que directamente al del ingreso.

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